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EL GRITO DEL SILENCIO
Mario Antolín Paz
En José Sánchez Carralero se dan cita el inquieto
rigor del intelectual y la apasionada vocación del pintor. De ahí su
ejemplar dedicación a la enseñanza y su afán de comunicar en sus
escritos su propio proceso creativo, pleno de dudas y de
afirmaciones, como el de todos los grandes artistas. Su propia
peripecia vital, sus continuados viajes, sus búsquedas constantes de
horizontes y de nuevos incentivos, responden no sólo a sus pálpitos
interiores, sino -aunque quizás él no lo sepa- a una inexcusable
necesidad de cambiar sus fuentes de inspiración y sus incesantes
interrogaciones sobre el origen y el destino del hombre.
Con esa forma de ser y de pensar, la pintura de
Sánchez Carralero no tenía otra posibilidad de adscripción que el
expresionismo. Ni el cuidado dibujo que sostiene la creación
realista, ni lo delicada pincelada del impresionismo, ni la armonía
geométrico, ni la belleza de la mancha de color, ni el juego
inteligente del collage, ni la complacida afirmación naturalista,
podían ser el vehículo de su apasionada manera de entender la
existencia y la pintura. Luís María Anson escribió, con exquisita
sensibilidad crítica: "Entre la llama y la ceniza se produce la
insurrección del color en los paisajes de la tierra y del alma que
José Sánchez Carralero lleva al lienzo estremecido". Es virtualmente
imposible definir, de una manera más hermosa y más concisa, la obra
del pintor. Una obra esencialmente dedicada al paisaje y al retrato,
violenta de expresividad, rica en materia y amplia de trazo. El
pincel y la espátula recrean en el lienzo el gesto sorprendido del
paisaje, o descubren la intimidad secreta del modelo. Y es curioso
que, tanto en el orgiástico cromatismo de sus paisajes como en el
franciscano color de sus retratos, predomine el silencio. Todo está
vivo, despierto, en movimiento, y sin embargo no se escuchan los
ruidos, ni los voces, ni el viento, ni los pájaros, ni el río,
porque la tierra y el hombre sobre el lienzo son ton sólo lo huella
de su espíritu. Pintar, en este caso, no es un intento objetivo,
hermosa mente aséptico, de retratar figuras y paisajes, ni un lírico
poema de cadencias nostálgicas en el que lo belleza es la única meta
del artista, ni siquiera un amargo equilibrio donde se contrapesan
el realismo y la imaginación, sino un desgarramiento interior, un
poemario íntimo del que nace una realidad distinta, impregnada de
presentimientos y recuerdos, contagiada del espeso silencio del
estudio, donde el pintor convierte su monólogo en color.
Pintura honesta, profunda, madurada, tan alejada de
los caducos academicismos de ayer como de las penosas osadías de
hoy. Pintura viril, valiente, dolorida, en la que se entremezclan la
amargura y el gozo de pintar, pintura que renuncia a la dulce
presencia de la flor y busca la verdad en lo raíz.
Sánchez Carralero pudo haber sido, en otros tiempos,
fraile mendicante, pecador inconfeso o alquimista. Pero ha nacido
tarde y ha escogido el difícil camino del pintor.
Mario Antolín Paz.
Presidente de la Asociación Madrileña de Críticos de Arte. |