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(El
pintor J. S. Carralero, hablando con su hijo, medita sobre las formas y
el color frente a un paisaje.)
Ninguno ve. Los ojos, Carralero,
tocan la superficie, son la espuma
que queda sobre el agua, el sigue y suma,
el ver que no se ve lo verdadero.
Ver sin mirar, sin ver el limonero
y saber lo que huele tras la bruma.
No saber dónde el pájaro, su pluma,
y saberse en el canto del jilguero.
Ninguno ve. Y aquello que nos
brilla
es sólo la mentira que mancilla
lo que dentro vivió, verdad suprema.
Ninguno como tú ves, hijo. Sabiendo
que todo lo de fuera va muriendo.
Y que vive la pulpa, lo que quema.
Ángel García López

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Retrato
De golpe has volcado en mi rostro tu obra,
has volcado en mi alma tus paisajes
para reconocerme, para reconocernos.
Brutal identidad la de estas gredas
sembradas por la Historia de muertos y de dioses:
huesos floridos, cenizal que queda
después de arder los bosques seculares,
entrañas entreabiertas de animales hambrientos,
amorosos crepúsculos violáceos de Segovia,
inmensas roeduras, aplastada miseria.
Llueve fuego o ceniza en las manos
de quien vive estos campos, o los sueña.
Para el hombre total fueron creados
los tesos calcinados, páramos con enormes
cicatrices o heridas mal cerradas.
Tanta luz cenital nos ha llevado
a sueños de cuchillo, a locuras, a sangres.
Congelación celeste, vacío planetario
en torno al respirar de unos labios cansados
que musitan un siglo y otro siglo:
Justicia, libertad, para que al fin un día
se haga Realidad el Sueño,
para que de una vez y para siempre
rompamos este espacio desalmado,
derribemos los muros del silencio y la luz.
Antonio Colinas

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Me pintó un retrato Carralero,
gran pintor y poeta
que tiene en su paleta
el poder milagrero
de eternizar lo que era pasajero. Está
puesto el retrato
en el lugar más digno de mi casa
y, a veces, paso el rato
-amargo pasatiempo-
viendo que el tiempo que él pintó no pasa
y que soy yo quien pasa por el tiempo.
Luís López Anglada

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